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El apoyo a la creación literaria

Por: Adán Echeverría

Mucho se ha hablado en estos tiempos de las becas del Fonca o del Pecda (la versión estatal de los apoyos a los creadores de arte, incluidos los jóvenes), pero esta discusión estriba al menos en dos puntos: 1. Pensar que el arte es un asunto de democracia, lo cual es falso. No se trata de que hoy le toca la beca a uno, mañana al otro, sino de brindarles el apoyo económico a los creadores comprometidos con su trabajo artístico y no solo a los que persiguen presupuestos, y becar a los que tienen talento y disciplina, y no al que tiene mucha calidad pero que no tiene la disciplina para trabajar sus proyectos artísticos. 2. Las becas no son la razón última del artista, el oficio de artista debe validarse por encima de ello. Las becas no son migajas, ni favores que los gobiernos le hacen a los artistas, sino el sano reconocimiento al valor del artista en nuestra sociedad.

Ante ello, es necesario celebrar que, en Matamoros, Tamaulipas, se haya quedado una de las dos becas para creadores jóvenes en literatura del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) en nuestro estado. Esta vez el apoyo cayó en el narrador José Rodolfo Espinoza Silva (JR Spinoza), autor de novelas y cuentos de fantasía y ficción, normalista y maestro de educación primaria. De quien hoy, queridos lectores, quiero presentarles un fragmento de la novela titulada “Los deseos de Serena”, que está construyendo bajo el apoyo de este pequeño estímulo. Espero que sea de su agrado, y aplaudan —como yo— el oficio literario que el joven autor va desarrollando.

“Abrí mi mochila para comenzar a hacer mi tarea y mientras sacaba las cosas apareció el termo.

—Tal vez me esté volviendo loca.

El recipiente era de color fucsia y tenía la elegante figura de Reina Stela sublimada. Me lo acerqué a la nariz y lo olfateé, no tenía mal olor, de hecho, no olía a nada y a decir verdad estaba bastante limpio. ¿Así de limpio estaba en la mañana? Lo agité, creí que tendría restos de café echados a perder dentro, pero sonaba hueco. ¿Será que lo habrán tirado nuevo? Sólo había una manera de averiguarlo. Abrirlo. Podía tolerar que oliese feo por dentro, pero por favor que no salga una araña. Giré la tapa y la retiré. Entonces el termo se puso muy caliente, tan caliente que me quemó la mano. Lo solté, comenzó a girar y un humo negro salió de su interior. El cuarto se oscureció, y pude ver una gran silueta arrastrarse por las paredes de la habitación, hasta tocar el techo, y poco faltaba para que me cubriera por completo, así que como pude me moví para llegar hasta la puerta, que tenía llave. Estaba encerrada sola con esa criatura.

—No corras —era una voz amable. La descompuesta silueta fue tomando forma y vi frente a mí a un hombre alto de ojos amielados y profundos, con barbilla partida, tenía los labios carnosos y a medida que fui bajando la mirada descubrí su torso musculoso, con abdominales marcados, bajé más mi vista y no pude evitar sonrojarme, estaba completamente desnudo, jamás había visto uno en vivo y a todo color. Intenté no verlo mucho, sólo de reojo. Aun así creo que se percató de mi mirada.

—Oh, claro, ¿me pongo algo de ropa? —preguntó tan casual como si me preguntara si quería un vaso con agua.

—No lo sé —debí haberme escuchado muy enferma, pero fue lo primero que salió de mi boca. —Sí, si, por favor, vístete.

 Él observó un poster de Chris Evans que tenía en la pared, donde traía una camisa blanca un poco desabotonada y un saco de vestir. Chasqueó los dedos y tras un chispazo que esparció luces por la habitación, y de un momento a otro estaba vestido igual que el actor.

—¿Quién…eres? —estaba atónita, pero la curiosidad por saber era más poderosa que mis ganas de gritar y salir corriendo.

—Soy un Efrit, y he venido a cumplir tus deseos.”

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