Elite

De piedras y sol para espantar la muerte

Por: Adán Echeverría

Era la mitad de los años noventa.

Mi situación personal estaba enferma de nostalgia y llena de aquellas tristezas que se te suben a la espalda, y están ahí horadando en la nuca para metérsete al cerebro y dominarte.

¿Qué podía hacer?

Yo estudiaba la licenciatura en biología, bajo un ideal que siempre he perseguido: la humanidad es desesperante, y siempre he buscado evitarla. La naturaleza tendría que ser esa esperanza.

Sin embargo, la facultad -como todo- está lleno de esos humanos dispuestos a limitarte, a convencerte de tus imposibilidades, y no a todos puedes romperles la nariz para que te dejen en paz. Aquello del contrato social que todos hemos firmado.

¿Cómo pasar esta tristeza, esta nostalgia, cómo resistir?

La poesía se volvió esa oportunidad. ¿Cómo lo supe?

¿Cómo una actividad humana, como la literatura, podría brindarme una tabla de salvación en el mar en el que entonces me hundía?

Fueron unos días los que decidí dejar de asistir a la facultad; prefería irme a leer a la Biblioteca Central de la Universidad Autónoma de Yucatán.

Revisaba los libros de pintura, los libros de historia, comencé la lectura de varias novelas, de aquellas colecciones, que comenzaban a meterse en mis pupilas, para hacer escapar a los fantasmas que me quería convencer de que Nada valía la pena.

Y entonces topé con aquel texto.

Desde el primer verso lo supe, eran aquellos versos que el director de mi grupo de teatro nos hacía cantar mientras armábamos alguna rutina de ejercicios físicos: «Un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto surtidor que el viento arquea, un árbol bien plantado mas danzante, un caminar de río que se curva, avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre…»

Y entonces no pude parar; leía sin poder detenerme, una y otra vez aquellos versos, «voy por tu cuerpo como por el mundo», me dije, una y otra vez. Y entonces sucedió:

Una sonrisa llenó mi alma, aquellas tristezas huyeron despavoridas ante aquel canto, que era un ritual que me decía levántate, vuela, vuela tan alto como solo tu pensamiento lo permita, vuela… y comencé a levitar.

Mis pies habían abandonado el piso, y lo supe… ya no podría volver a vivir pisando la tierra como los «pobres humanos»; la magia había trastocado todo, la naturaleza, el tiempo, las ideas fueron renovadas sin límite.

Y volando salí de la biblioteca. Las personas me miraban asombrados, algunos corrían buscando a otros para apuntar hacia mí, que me elevaba cada vez más, y vi por vez primera la ciudad de Mérida (la ciudad donde viviera durante 40 años) bajo de mí, tan diminuta; y miré la selva a lo lejos, y hacía allá me conducía este vuelo mío.

Cerré el libro, y tenía atorado el ritmo entre las muelas. No podía sacarlo de la mente, la memoria se volvió aquel pájaro de fuego dispuesto a morir y renacer en cada poema que yo pudiera intentar sobre la hoja blanca.

Y así fue como decidí dedicarme a la poesía, hace ya más de 20 años.

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